Sería el año 2002 y salía yo del estudio de arquitectura en el que trabajaba por aquel entonces. Era de esos donde las horas extras son tan vacías de sueldo y respeto como obligatorias. Esa jornada no fue particularmente mala y serían las diez de la noche cuando pisé la calle camino a casa. La ventaja era que pasadas las nueve de la tarde había una antigua clausula en los contratos que permitía agarrar un taxi para volver a casa y facturarlo como gasto del proyecto. Lo más complicado era que el estudio estaba en un edificio de oficinas en el corredor de la Calle K. Es una zona que aunque repleta de actividad durante la jornada laboral a esas horas se quedaba desolada y encontrar un taxi a mano se hacía difícil a pesar de estar céntrico.

Pero parecía que iba a tener suerte. Nada más salir vi al otro lado de la calle un taxista al que gesticulé. Me vio y asintió señalando que se iba a parar en el semáforo. En lo que me disponía a cruzar la calle una pareja apareció del soportal en la acera de enfrente y mirándome de reojo desde la distancia el tipo agarró la puerta del taxi, dio un abrazo a la mujer y pegó un portazo indicando al taxista que arrancara. Este me miró y se encogió de hombros en lo que se largaba y me dejaba colgado. El tipo me miró de refilón y evitó el contacto mientras rápidamente se volvía para meterse en el restaurante de al lado. En ese momento me di cuenta de que era Ted Kennedy.


Decía Obama que Kennedy tocó innumerables vidas de un modo memorable durante su existencia y va a tener razón... Para aquellos que realmente aparte de como me quitó el taxi les pudiera interesar su vida y obra entre tanta obligatoria liturgia hagiográfica por parte de los medios estadounidenses, quizás resulte más interesante los (muchos) minutos dedicados a él en el programa Democracy Now desde una perspectiva progresista aunque muy distante de un análisis crítico.

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