
"La calle habla en Washington DC" arrancó como una serie que buscaba ilustrar la diversidad de opiniones, y manifestaciones callejeras, sobre todo desde la comunicación visual urbana en la capital de Estados Unidos. Tras unos años residiendo en la ciudad, sentí que recibía recurrentes opiniones (sobre todo de fuera) reforzando el estereotipo no ya de una ciudad aburrida, sino de una homogénea, conformista, y comulgante y-o absorbida por la administración que se asentara en la Casa Blanca. Eran los años de la administración Bush, de hecho acabaría de comenzar su segundo mandato cuando comencé la serie, y aunque había voces conformistas, conservadoras o de carácter meramente decorativo, en las imágenes que solía recoger en mi devenir cotidiano - lo que era y es aún parte de mi paisaje - predominaba una narrativa contestataria, progresista, y provocadora. Desde mi punto de vista, estas muestras cuando menos ilustraban que la ciudad ofrecía varias alternativas, y múltiples debates públicos frente a los discursos oficialistas y la imagen que se reflejaba de un modo generalista y opaco sobre la ciudad.

Aunque en buena parte la situación sigue apoyando esta interpretación, desde entonces la ciudad se ha meneado, el gobierno de la nación y la ciudad han cambiado (al menos nominalmente), y mis análisis de estos fenómenos también se han ido transformando. Algo que se ha convertido en esencial, y no por obvio menos necesitado de ser reivindicado, es la noción de que el espacio público de la ciudad, del contexto urbano, bajo el vigente y predominante modelo social, es un espacio en disputa permanente por su propia naturaleza. Una disputa donde una serie de fuerzas que buscan ser hegemónicas y constituidas desde diversos discursos y los medios que controlan se suelen enfrentar a manifestaciones de un amplio orden, que reclaman espacio, voz y diálogo en la calle que de este modo reivindican también como suya.

Este tema, que me planeo desarrollar con mayor rigor y dedicación en un futuro no muy lejano, apunta a algunas particularidades que en el caso de Washington DC se han tornado en sintomáticas, aunque no exclusivas, ni excluyentes, de estos cambios, pero que refuerzan una naturaleza dinámica, impositiva, y unos discursos que dadas las dinámicas de la ciudad se suelen ignorar. Por ejemplo durante la administración Bush era habitual encontrar manifestaciones críticas que acusaban, ridiculizaban, y se constituían en oposición al presidente. Siempre fue un blanco fácil, merecido y goloso para las izquierdas (entre las que de algún modo me encuentro) que pareciera haberse acentuado durante su segundo mandato. Esta crítica se convirtió en algunos sectores en unas ganas de cambio, casi abstractas, que tomaron tintes mediáticos con la figura de Obama. Para muchos la imagen del presidente se convirtió en algo que ahora había que resalzar y reivindicar en la calle. Este Obamismo afortunadamente no es ni predominante, ni homogeneo, y aunque en buena medida está impuesto por grupos que vienen de fuera de la ciudad también ha tenido su enganche local. De hecho, eso en parte motivo mi deseo de hacer alguna obra crítica con ese fenómeno, una obra utilizando la imagen del nuevo presidente como inflexión frente a la eufória y mercadotécnia que en parte la calle y el discurso público reflejaba con mínimas fisuras.

En cualquier caso, ceñirse a este ejemplo manifiesta la limitación de estos análisis. Por ejemplo, en este caso la disputa del espacio público absorbe y trasciende la situación de la administración de Obama. Son comunes las críticas a la falta de movimiento relacionados con el arte urbano en DC, en particular por parte de aquellos que desconocen la ciudad y mucho de lo que en ella se cuece, y así se han escuchado piropos cuando una galería comercial se ha sumado a la nada novedosa absorción y promoción de cierto arte urbano llegando a escucharse que ahora incluso DC se ha subido al carro de la moda urbana. Es un carro en el que nunca hizo falta subirse... Lo que por ejemplo Irvine ha hecho invitando a una serie de artistas internacionales y también de los USA pero todos notoriamente de fuera de la ciudad, ha sido reinvigorar el estereotipo mercantilista de la galería comercial, ausente de generar procesos locales, apropiándose de un callejón que servía como extensión de su espacio expositivo y lanzando su mensaje a los medios que le son más afines. Obviamente, había muestras callejeras en la ciudad de todo calibre antes, durante, y después de esta exposición.

Desde DECOY (que debe llevar por lo menos tanto tiempo metiendo mano en los muros de la ciudad como yo viviendo en ella... Mínimo unos 9 años) y junto a ella y la TAXI GANG el lento pero vigente colectivo DC51 que es parte de reivindicaciones por la democracia en la ciudad, simbólicamente reclamando ser el estado 51, o RVLT que junto a los anteriores lleva tiempo mezclando su trabajo con el activismo comunitario más local, al ya ensalzado en el mundillo Mark Jenkins, el ya clásico caso Borf, o aquellos taggers y graffitieros que desde quizás un hip-hop más clásico y a la vez más salvaje se comunican entre ellos y hacia los demás. Y estos son sólo un puñado de las muchas muestras que la ciudad ofrece. Pues como en la mayoría de los lugares, el espacio en disputa ofrece estas narrativas para los que se las encuentras, los que las leen, y los que saben buscarlas. En cierto sentido es más complejo que las primeras interpretaciones que ofrecí y sin embargo parece que hay que insistir en que la calle habla en Washington DC.

















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